Hay una tendencia general a hacer al Estado cada vez más poderoso y a la familia, más impotente, con el pretexto de mejorar la salud y la enseñanza. Habría que revisar la política nacional, y sobre todo, la del D.F., pues nada destruye más a la familia que el aborto legal.
Todos los hombres estamos hechos del mismo barro, pero no del mismo molde. Ninguna vida humana es inútil o de poco valor, pero a veces nos metemos en problemas porque falta ingenio para demostrar el amor, entonces se busca la experiencia.
La juventud debe de aprender a vivir la castidad porque de eso depende su felicidad, castidad en gestos y en palabras. Cuando los que se van a enamorar ven que hay mucho egoísmo han de pensar en el modo de purificar ese amor.
El conocido científico Jerónimo Lejeune ha escrito: «Esta primera célula (es decir, el resultado de la fecundación) va a empezar a dividirse en dos, -cuatro, ocho, dieciséis, treinta y dos, sesenta y cuatro, y se va a convertir en una pequeña mórula que se alojará en la pared del útero materno. Siendo extremadamente minúsculo y midiendo milímetro y medio de talla, es ya un ser humano, diferente de su madre y diferente de todos los demás hombres (...). El corazón humano se anima al vigésimo primer día aproximadamente y, al mes, siendo la talla del feto la de un grano de trigo, están ya todos sus órganos esbozados: su cabeza, su tronco, los brazos, las piernas».
El aborto implica dos graves consecuencias. Por un lado, indica un desprecio de la vida. La vida ya no es algo que tenga valor en sí mismo sino que depende de la voluntad del hombre, quien podrá destruirla cuando le convenga. Por otra parte, altera todo el orden moral, pues el criterio de bondad será el egoísmo y el placer, pero no el bien. Un bebé no deseado con mucha frecuencia acaba siendo deseado. Benedicto XVI exclamó a principios de este mes: “Encender un fósforo es mejor que maldecir la oscuridad” (marzo 1, 2007).
Legalizar el aborto va contra el sentido común. Chesterton escribió: “Una sociedad está en decadencia, definitiva o transitoria, cuando el sentido común ha llegado a ser poco común”.
Al despedirse de México, Juan Pablo II dijo con gran fuerza: “Dios te bendiga, México, por los ejemplos de humanidad y de fe de tu gente, por los esfuerzos en defender a la familia y a la vida”.
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