A la SCJN
Estimados señores ministros:
La antropología dice que la tristeza deriva de una falta de ánimo grande –de magnanimidad-, de una incapacidad de creer en la propia grandeza. Actualmente, el hombre no tiene confianza en su propia grandeza, quiere ser más “realista”. Hoy existe un extraño odio del hombre contra su propia grandeza. A veces, el hombre se ve a sí mismo como el enemigo de la vida, se ve como el gran perturbador de la paz de la naturaleza, la criatura que ha salido mal. Su liberación y la del mundo consistiría entonces en el destruirse a sí mismo y al mundo. Esta es la “cultura de la muerte”, promotora del aborto, la eutanasia, la pornografía, la homosexualidad y la tristeza. Seamos más optimistas: el ser humano tiene abismos de grandeza y abismos de vileza. Mucho depende de cómo se le eduque para usar bien de su libertad.
La decadencia de la sociedad es consecuencia de que el hombre coloca su voluntad, su soberbia y su comodidad por encima de la pretensión de verdad. Ya no tiene un amor grande a la verdad, ya no la busca. Esta inversión de extiende a todos los campos de la vida. Lo antinatural se convierte en lo normal. El hombre que vive en contra de la verdad, vive también en contra de la naturaleza. Su capacidad de inventiva ya no sirve para el bien, se convierten genialidad y finura para el mal. Ya no domina la vida sino la muerte.
Damos un dato científico: El hecho de que su hijo se encuentre dentro del vientre de la madre, no le otorga -a ella- el derecho a disponer de él, pues no se trata de su cuerpo, sino de un ser humano genéticamente distinto a ella. La existencia de un ADN diferenciado lleva a concluir que se trata de dos seres distintos.
Si el Derecho y la ciencia están a favor de la vida, ¿el aborto en que se fundamenta? Se basa en la ideología, en la imposición de un punto de vista de modo arbitrario. ¿Podrá más la presión de algunos grupos de interés que el Derecho y la ciencia?
Con todo respeto, le saluda:
Maricarmen Rodríguez Farfán
Ocotlán, Tlaxcala C:P: 90000
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