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“No le llames ‘asesinato’ al aborto”

La palabra asesinato es engañosa cuando se aplica al aborto. La palabra “asesinato” evoca un acto criminal en contra de un adulto extraño, con frecuencia. El aborto no cuadra en esta imagen ya que no es un acto aislado, el feto no es adulto ni es extraño.

El aborto no es un acto sino un proceso destructivo. Cuando el feto tiene 4 ó 6 meses, es un proceso de desmembramiento. A través de tracción o succión, el feto es sacado del vientre materno.

El feto es un niño no nacido, no es un adulto. Cuando leemos de tropas rusas matando seres humanos indefensos en Chechenia -a los más viejos, a los más jóvenes y a los discapacitados-, esto nos impacta más que el asesinato de adultos vigorosos. Hay algo dentro de nosotros que nos hace reaccionar a la debilidad con compasión y respeto. Cuando a un ciego le roban su cartera nuestra humanidad se siente profundamente injuriada. Destrozar a un bebé miembro por miembro es más brutal que el asesinato de un adulto.

El deber de los padres de cuidar a sus hijos se cuentan entre los principios más fundamentales. El vínculo entre la madre y el hijo es uno de los más fuertes que pueden existir. El no nacido es un ser humano, y, cuando es desmembrado por petición de la madre, el niño es traicionado de la manera más ruin.

Autorizar el aborto es autorizar la violencia intrafamiliar, autorizar que la ley permita a los padres a hacer violencia contra los pequeños que dependen de ellos. Esto supone una profunda herida que lastima más a la sociedad que un crimen ordinario. Cuando las familias matan a su propios hijos, la sociedad se destruye a sí misma hasta la médula.

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